
Escena I, interior, día, la mujer más hermosa del mundo sale de ducharse con una bata rosa y el pelo mojado, se acuesta y besa al protagonista. Escena II, exterior, tarde, una lluvia de hojas y una cortina de gotas, una cama de madera, el tren a lo lejos, la plaza vacía, y los dos protagonistas. Escena III, exterior, noche: llueve en una esquina, digamos, una esquina cualquiera de Buenos Aires, llovizna apenas, y los protagonistas van de una esquina a otra, con algo de sangre en el torrente alcohólico, flotan entre los rayos y truenos de fondo, tanto bajo flotan, y la llovizna empieza a derretir el asfalto y a desdibujar los edificios hasta que no queda nada más en el mundo que los protagonistas, bañados de besos, de hipo, de tantas veces que dijeron “chau” que no se la creen ni ellos mismos. Escena IV, interior, hora indeterminada, un océano de baldosas cubiertas de remeras, cinturones, envoltorios, zapatos, preservativos, dudas, penas, cenizas y llanto; y la isla de 2,66 metros cuadrados que resguardaba a los protagonistas del resto del mundo; los protagonistas se besan y se dicen te amo. Escena V, exterior, autos que surfean entre las luces porteñas a oscuras, los protagonistas se besan y se ríen, se ríen y se vuelven a besar, se ríen y se besan tanto que nunca escuchan el tacómetro desbordado. Escena VI, noche, muchísimos fuegos artificiales por el recambio del calendario gregoriano, acaso los protagonistas no los escuchen nunca. Escena VII, exterior, día, el protagonista camina por Union Avenue, dobla en Scholes, sube unas escaleras, llega con las compras para el desayuno al departamento donde la mujer más hermosa del mundo todavía duerme y se puede ver el polvo flotando gracias a la luz que entra por la ventana.
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