May 7th, 2008
Desperté; era sueño. No había otro cielo; era todo cielo y nadaba en celeste. No había otro en toda la tierra y flotaba entre los yuyos. Caí del mar, hecho de barro y sal. El sol me cocinó de golpe. El viento me peinó la piel y me despertó. “Va de nuevo”, susurró.

January 31st, 2008
Y todo el viaje
quise que estuvieras
allá conmigo.
January 31st, 2008
Con otros fuegos
Me despide Colonia
Ojos de viento.

Mis dedos fríos
Alma que ha visto todo y
el amanecer.

Uno y otro sol
Todo lo que he soñado
se funde en el mar.

Otro despertar
De lo que amo. Vuelvo.
Río me nace.
January 31st, 2008
El miércoles a las 13.30 salimos del alero repleto de fumones de Valizas y nos subimos al micro. En otra vida bajamos en Pan de Azúcar a las 17 y tomamos otro ómnibus, de parados, que nos depositó en Piriápolis. Volvimos a la casa de Tere y Pinocho a dejar las cosas y sacarme la mugre de 4 días de camping.
Nos reunimos con Lula y partimos hacia la rambla con Ana y Silvina. Buscando un regalo en la feria de artesanos, lo escuchamos, nos miramos y corrimos: encontramos los matófonos en un stand.

Germán y yo, en el puerto, tocando sendos matófonos.
Locos, comimos muchas rabas, tomamos mucha Patricia e hicimos otras cosas que acaso no recuerde. Oímos el pediátrico croac de apareamiento de las ranas, camino a la terminal. El jueves, a las 00.00 clavadas, escalamos otro micro que nos dejó en Tres Cruces, Montevideo, a las 2, para tomar un último bondi con destino a Colonia, a las 3. Me despertaron con una foto a las 5, cuando subimos al buque. Que partiría a las 6 y llegaría a Buenos Aires a las 10. Pero para eso faltaba…
January 31st, 2008
Despertaba en Piriápolis. Miraba el techo desconocido. Soñaba, y me despertaba esperando escuchar el tut tut de un pájaro repiqueteando en la ventana. Pero no. Cuarenta millones de micros de larga distancia y el Circo de Cutini o de los Hermanos Sarlanga o lo que mierda fuere que anunciaban, pero nada más. Ninguna calandria. Y cuando esos ruidos se fundían al silencio, los oía a ellos. A ellos y a las sopapitas. Y yo, que los quiero muchísimo, los odiaba por suertudos. Porque, acostados a medio metro, estaban demasiado lejos. Oía las sopapitas y quería sacarme las orejas o la cabeza porque no era como ellos. Porque nunca sería como ellos. Miraba el techo, desconocido, y sentía el burako enorme, te juro, que me sacaba el aire.
Me levantaba sin hacer ruido y me iba a desayunar.
January 31st, 2008
Pinocho toma whisky y fuma Nevares. Pinocho es mortal. Luego, Pinocho es uruguayo. Sentado en el sillón del comedor le grita a la TV por cosas políticas, de esas en las que tiene razón. Pinocho y Teresa nos recibieron como hijos en su casa de Piriápolis y nos dieron de comer como a nietos, acaso porque sean de la gran familia gran. “Estás muy flaco, comé algo”, me dice Pinocho, y trae fiambre y mejillones. “Vení y tomate un whisky”, me dice, aunque no sé por qué. A todo le digo que no, sin causa aparente. Hasta que una tarde entiendo que entiende. “Vos tenés nostalgia, se te nota en la cara”, me dice. “No es bueno extrañar así”. Luego, Pinocho es mortal, pienso, aunque a veces parezca otra cosa.
January 30th, 2008
Sólo soy dueño de lo que puedo soltar, pensaba esa última noche en Valizas, mientras arrancaba las páginas muertas de mis cuadernos. Textos incompletos, cosa publicada, aquello que era y nunca debía haber sido, todo tenía que irse y dejar el espacio en blanco para lo nuevo. Los guardé en el bolsillo.
Antes de ir a cenar, pasamos por una placita. Crepitando alto en el cielo, encontré el fogón que todo el tiempo había buscado. Saqué los papeles y en una carilla en blanco decreté “Te amo, por eso te dejo ir”. Tiré todo a la hoguera y me quedé ahí parado, abrigándome de llamas. El viento alimentaba las lenguas, las brasas. Algo adentro mío necesitaba calor. Aquello que de fuego había nacido, al fuego volvía a consagrar. Para curarnos y purificarnos.
Terminé de ver como el papel se consumía. Había encontrado el fuego, todos los fuegos, pero no lo que buscaba. Podía volver a casa.
January 30th, 2008
Hastiados del Rey de la Milanga, huímos hacia otro bolichito a vela y con mesas rústicas al aire libre. Sólo quedábamos Germán y yo, esa noche. El mozo, tan cuelgue como nosotros, nos cargaba (“¿Qué es una birra? Nah, mentira, ya les traigo. ¿Son de Montevideo, ustedes?”) mientras nos traía el pedido incompleto, que por escasez terminó siendo… sanguche de milanesa. Andaríamos por algún planeta cuando oímos “bueno chicos, vamos a tocar”.
A la mesa de al lado se sentaron dos guitarras, una pandereta cantante, un cantante a secas y un matófono. Y arrancaron. Nunca dos canciones de bossa hicieron semejante samba cósmica. Con cada acorde las velas derretían las cuerdas y la cordura. Músicos y música reverberaban en su camino hacia dentro de nosotros, llenándonos de luz. Cerraron con “Manuel Santillán, el león”, flotando el aire de la noche y los presentes, poniendo todo patas para arriba.
La gorra y el mozo eran anécdotas de otro universo. Casi no puedo terminar tragar la cerveza, porque me había atorado con tanta luminosidad, tanta vida fluorescente bajo el cielo negro.

January 20th, 2008
Nos alejamos del centro por un pasillo diagonal. Caminamos el pasto a tientas, entregados a la oscuridad. Parecía la selva, la nada. Sólo se recortaban algunos ranchos a contraluna. De alguna forma, de cualquier forma, llegamos a la playa y nos tiramos boca arriba sobre un médano.
Noche boca arriba
Sinfonía de fuegos
Dormí con astros
El cielo era todo. Noche abierta eran todas las estrellas. Nos rodeaban y se nos venían encima. Pensé que podían matarme de tanta belleza. Acaso ya lo habían hecho, si esta vida no era sueño. Satélites que giraban de costado. Fugaces que caían vaya uno a saber donde. Cerré los ojos. Estaba donde tenía que estar. Había encontrado el fuego.
Amanecí bailando.