Somos hermosos, estamos condenados
December 29th, 2010
Un buen día nos quedamos sin palabras. Y nos dimos cuenta de que tampoco las necesitábamos tanto.

Un buen día nos quedamos sin palabras. Y nos dimos cuenta de que tampoco las necesitábamos tanto.

Quiero tatuarme en los ojos,
la cartografía de tu piel.
Recorrer cada esquina y cada pliegue,
todos los archipiélagos y constelaciones.
Perderme siempre, que me encuentres a veces,
pero sin escaparme nunca.
Quiero pintarme la espalda,
con la silueta continua de tus manos,
para no distinguir nunca dónde
terminan las tuyas ni empiezan las mías.
Quiero estar repleto de moretones,
de los cascotazos que salen de tus pupilas,
porque toda vez que te miro a los ojos
estoy petrificado en una lluvia de meteoritos.
Quiero sumergirme y ahogarme
en el torrente de tu voz, mar calmo
sin importar lo que digas, siempre
y cuando oiga el eco de un Te amo.

Escena I, interior, día, la mujer más hermosa del mundo sale de ducharse con una bata rosa y el pelo mojado, se acuesta y besa al protagonista. Escena II, exterior, tarde, una lluvia de hojas y una cortina de gotas, una cama de madera, el tren a lo lejos, la plaza vacía, y los dos protagonistas. Escena III, exterior, noche: llueve en una esquina, digamos, una esquina cualquiera de Buenos Aires, llovizna apenas, y los protagonistas van de una esquina a otra, con algo de sangre en el torrente alcohólico, flotan entre los rayos y truenos de fondo, tanto bajo flotan, y la llovizna empieza a derretir el asfalto y a desdibujar los edificios hasta que no queda nada más en el mundo que los protagonistas, bañados de besos, de hipo, de tantas veces que dijeron “chau” que no se la creen ni ellos mismos. Escena IV, interior, hora indeterminada, un océano de baldosas cubiertas de remeras, cinturones, envoltorios, zapatos, preservativos, dudas, penas, cenizas y llanto; y la isla de 2,66 metros cuadrados que resguardaba a los protagonistas del resto del mundo; los protagonistas se besan y se dicen te amo. Escena V, exterior, autos que surfean entre las luces porteñas a oscuras, los protagonistas se besan y se ríen, se ríen y se vuelven a besar, se ríen y se besan tanto que nunca escuchan el tacómetro desbordado. Escena VI, noche, muchísimos fuegos artificiales por el recambio del calendario gregoriano, acaso los protagonistas no los escuchen nunca. Escena VII, exterior, día, el protagonista camina por Union Avenue, dobla en Scholes, sube unas escaleras, llega con las compras para el desayuno al departamento donde la mujer más hermosa del mundo todavía duerme y se puede ver el polvo flotando gracias a la luz que entra por la ventana.
Fuente de la foto.

Y fue casi como llover en un balde
que de a gotitas hicimos
que de un chat intrascendente
y un par de tragos de más
y algunas vueltas excesivas en auto
y algunas noches un poco estroboscópicas
y alguna distancia salvada
y otros insomnios al unísono
-que, no lo sabíamos, eran desvelos compartidos-
y un par de textos que mejor perder
y unos pocos besos reprimidos
fue de todo eso y algo más
que se hizo esta tormenta
que me lleva y me arrastra
que me inunda y no quiero que pare jamás.

Había una vez una noche de gira. No me acuerdo, no quiero recordar, con quien estaba. Sí me acuerdo que nosotros y tus amigos le dimos un par de vueltas a un faso grande como un choripán. Desde entonces, todo fue en círculos. Una ronda en un sillón, las “O”s que dibujaba el vaso de whisky que me robé aquella noche, la vuelta que dimos por media ciudad en esa jornada de cigarrillos y estupefacientes que terminamos tan bien. Todo lo que giré pensando “la beso, la beso, la beso, la beso”, con el engranaje roto que no hizo click hasta más tarde. Los giros que dimos hasta despojarnos de todo. Y semanas que fueron pura vuelta: volver a separarnos, volver a juntarnos, volver a besarnos, no dejar nunca de extrañarte. Desde entonces es todo un huracán y nosotros el ojo. Desde entonces la tierra se sacude fuera de control y lo único que no se corre es tu cara. Me veo girar en tus pupilas, y no quiero que esta rotonda se termine nunca.
Un tropezón no es caída, dicen. Pero quiero. Quiero tropezarme con tu mirada y que las nuestras caigan. Quiero hacer pie en tus párpados y peinarme con tus pestañas. Quiero chocar con tu cornea y asomarme a tu iris. Quiero caerme por tu pupila hasta tocar fondo, para nunca más volver.
La TV de los sábados es una mierda. La TV es una mierda. Acabo de terminar de cenar y me apura mi amigo que me va a pasar a buscar, pero estuve toda la tarde limpiando la trompeta y pensando en vos y no tengo ganas de ducharme. Me prendo un pucho. El cielo está despejado, se ven pocas estrellas, y las pelotas siguen cayendo del árbol del fondo, y los pinos se siguen sacudiendo con el viento como si no pasara nada. Y pasa. Pasa que te extraño. Pasa que no sé cómo pasó. Pasa que no es suficiente tortura tenerte lejos como para encima no poder hablarte. Pasa que no sé bien lo que pasa. Pasa que pienso en dentro de unos meses, cuando estés acá y no haya ninguna luz prendida ni ninguna sábana en su lugar. Pasan los abrazos pendientes, en todos los besos que ya nos estamos dando pero tardan en llegar. Pasa que no encuentro forma de explicarlo. Pasa que no se puede explicar. Pasa que en unos meses también va a ser sábado a la noche y nosotros no vamos a saber ni qué día es, ni como nos llamamamos, porque nos vamos a llamar “te quiero”, “te adoro”, y eso que no podemos decirnos. Pasa que un día va a ser sábado a la noche y vas a estar acá.
Vía Postsecret.
Un puñal nacido del medio de la tierra, de aleaciones milenarias, de la mano firme de un herrero, es el puñal que sangra y gotea sobre la tierra, que destroza piel, nervio, hueso, que se clava en lo más profundo de un corazón que deja de bombear hacia unos ojos que sólo ven antes de cerrarse una mano y un puñal que sangra.