Fuenteluna
June 19th, 2008La fuente se va
de los dos que venimos
el agua sigue
De enteras lunas
volamos aire frio
subio la noche
La fuente se va
de los dos que venimos
el agua sigue
De enteras lunas
volamos aire frio
subio la noche
Es increíble la malaria que hay. Hoy hice cinco viajes. Cinco nada más. Y todos cortos; veinte cuadras o menos. El único más o menos fue un ingeniero que iba al centro a una entrevista. Hace tres meses que busca laburo, dijo, y nada. Cómo será que lo alcancé hasta Constitución y de ahí se tomo el subte, porque para el viaje entero no le alcanzaba. Si esto sigue así, yo no sé qué va a pasar.

Buscar el signo que nos salve a todos.
Tengo un sueño.
Otro día se los cuento
Se distrajo. El tropezón no fue caída, pero sí golpe pechito con pechito, tumulto, bardo, diplomática salvación y postergada condena de “a la salida cobrás”. El escenario atardeció a las 18 cuando desencadenó la bicicleta de la jaula, se escabulló entre la masa y salió pedaleando. No tenía espejo retrovisor; recién se le erizaron los pelos cuando escuchó el arranque agudo del Uno negro, 0km, impecable. Aceleró, dobló por San Martín y sintió la goma contra goma que casi fue tropezón y caída. Se mezcló entre los otros autos pero pudo espíar que aún lo seguían. Volteó y vio por última vez la barrera baja del Mitre. “No queda otra”, pensó. Bajó la cabeza y pedaleó más fuerte.

Ahora tomo clases de Pa-kua en Palermo Natural Mistyc. Practicamos patadas con inexpugnables nombres chinos. Pie derecho adelante, vuelta, miro atrás, pateo con el talón del pie derecho. Cuatro, y a la quinta por mareo y falta de espacio me voy contra la pared y pateo puerta, manija y barandal.
Ariel se frota las manos y se arrima a mi pie arrodillado e hinchado. Presiona donde debe. Sigo la práctica sin problemas y a los dos días ya ni hinchado tengo.
Era un pendejo insoportable cuando tenía 4 ó 5 años y acompañaba a mi viejo a hacer Kung-Fu frente al Jardín Japonés. Estaba demasiado hinchapelotas ya esa tarde, pidiendo jugar al fútbol, así que Ariel me agarró y empezó a masajearme la cabeza. En un minuto me senté. Rápido, me sacó una zapatilla y me apretó distintos puntos del pie. Tres minutos después estaba dormido.
-Te amo.
-Me voy.
-Te vas a ir hasta el fin del mundo para darte cuenta de que estabas a la vuelta de tu casa. Y va a ser demasiado tarde.
-Me fui.
Quedó helado en el andén; vio irse el tren con un clavel estrujado en el bolsillo y un “quedate” atragantado. Caminó el largo trecho de vuelta; pasó por la esquina de su casa y él tampoco la encontró.
La piel nos lleva puesta a nosotros y por tamaña tarea, por cargarnos encima, se le dio el don de olvidar, borrar sus marcas, sanar. Nosotros tenemos menos suerte, y memoria.
Viernes, 6 am. Sólo a mí se me ocurre conocer Camino Negro, justo en ese momento. Concentrado en salir de ahí lo antes posible, iba a 120, más o menos, he ido a más. La puta madre, son enormes las ratas que hay por acá, pensé cuando la ví cruzarse. Frené, pero no lo suficiente; me refutó el golpe seco que hizo mierda el guardabarros. Más preocupado por la propia supervivencia, dejamos atrás a esa gata rayada sobre el pavimento, y volví casi ileso. Hoy no sólo me siento como el culo por haberla matado. Más aún, no dejo de pensar que quisieron avisarme. O reprocharme de antemano. Y yo no entendí a tiempo.